Recientemente, un encuentro entre la Vicepresidente de Argentina y la Sra. Isabel Martínez de Perón en España reavivó el interés y la controversia en torno a la organización terrorista conocida como la Alianza Anticomunista Argentina, o Triple A (el periodista Rodolfo Walsh sostuvo que “las 3 A son las 3 armas”). Su historia ha estado marcada por un relato que, en gran medida, responsabilizó al tercer gobierno del Gral. Juan D. Perón, de la fundación y del accionar de esta organización paramilitar, vinculándola directamente con el Estado. Sin embargo, esta interpretación deja cabos sueltos y cuestiones sin explorar profundamente, especialmente debido a la falta de documentación y la retención de archivos clave, algunos de los cuales permanecen clasificados en países como Cuba y Rusia, mientras otros podrían encontrarse bajo custodia de entidades gringas.
El enfoque tradicionalmente adoptado sobre la Triple A omite la compleja red de influencias internacionales que moldearon su aparición y funcionamiento. Por lo tanto, nos proponemos explorar un marco de análisis alternativo, que se fundamenta en la “Doctrina de Seguridad Nacional”, nacida en el contexto de la Guerra Fría y expandida en América Hispana como un mecanismo de control interno y represión política. Comprender el origen de la Triple A requiere situarla dentro de esta Doctrina de seguridad promovida por Gringolandia y sus aliados, que buscaba mantener la estabilidad en la región a cualquier costo.
La Doctrina de Seguridad Nacional (DSN)
La DSN surgió tras la Segunda Guerra Mundial, cuando los gringos redefinieron el concepto de “seguridad” como una prioridad estatal de primer orden, en respuesta al peligro del comunismo y a la inestabilidad del capitalismo en su competencia con el bloque soviético. Esta doctrina constituyó un componente esencial de la estrategia de contención gringa durante la Guerra Fría y afectó profundamente la política exterior de Gringolandia hacia América Hispana. Los estrategas gringos reconocieron que, para asegurar sus intereses en la región, debían prevenir el crecimiento de cualquier tipo de amenaza comunista o socialista, especialmente aquellas que surgieran desde adentro, como movimientos guerrilleros o activistas que plantearan riesgos al statu quo.
En América Hispana, la DSN se adaptó a un contexto local, donde los “enemigos internos” reemplazaron al enemigo externo. Esto implicó una profunda militarización de la política, en la que los estados asumieron que el control militar era esencial para la seguridad. Los países hispanoamericanos, en sintonía con esta doctrina, se vieron impulsados a implementar políticas represivas y a construir un marco de control sobre sus propios pueblos, criminalizando y persiguiendo a quienes consideraran opositores. Cualquier individuo, grupo o entidad que tuviera ideas contrarias a las del gobierno era un potencial enemigo, y en este sentido, los ideales comunistas eran frecuentemente utilizados como justificación para la represión.
A través de la Escuela de las Américas, ubicada en Panamá, Gringolandia promovió activamente la doctrina de seguridad en toda la región, adiestrando a oficiales de los ejércitos del continente en tácticas de contrainsurgencia y manejo de la “subversión interna”. Este contexto facilitó el surgimiento de redes de represión como el Plan Cóndor, una operación transnacional de cooperación entre los regímenes militares de Sudamérica que incluía a Argentina, Chile, Uruguay, Brasil y Paraguay.
La Triple A como parte de una red regional de represión
Los orígenes de la Triple A en Argentina data de fines de la década del ’60, y es un reflejo de esa tendencia continental hacia la represión de todo tipo de oposición política. La Alianza Anticomunista Argentina o “las tres armas”, actuará a la par y con estrategias similares a las organizaciones represivas que operaban en el resto de Sudamérica bajo la influencia de la Doctrina de Seguridad Nacional.
A medida que las tensiones internas crecían en Argentina y los grupos de izquierda aumentaban su actividad, especialmente durante el mandato de Isabel Martínez de Perón, la Triple A se consolidó como un agente de represión extrajudicial. Aunque en el imaginario popular se asocia a esta organización exclusivamente con el peronismo, cabe señalar que la Triple A actuó en sintonía con las políticas y tácticas represivas que la doctrina anticomunista promovía, empleando métodos de violencia política similares a los que utilizaron a las otras dictaduras.
Se sabe que militares argentinos recibieron capacitación de oficiales franceses con experiencia en represión durante la guerra de independencia argelina, otra prueba de cómo la Triple A se nutrió de tácticas represivas extranjeras. Este intercambio de conocimientos y técnicas de represión fue instrumental para fortalecer su capacidad de acción. A partir de 1974, cuando las actividades de los grupos armados se intensificaron, la Triple A incrementó sus operativos, con métodos cada vez más sistemáticos y organizados, actuando sin el conocimiento o el control del gobierno constitucional de Isabel Perón, lo que subraya el carácter autónomo de sus operaciones.
Retos historiográficos y documentación restringida
El análisis histórico de la Triple A enfrenta desafíos importantes. La falta de acceso a documentos clave, clasificados en archivos en América y Europa, limita la capacidad de los historiadores para trazar una línea precisa y objetiva de los hechos. La realidad es que muchos de los archivos sobre los vínculos externos de la Triple A, incluyendo posibles conexiones con las políticas de seguridad gringas o la implicación de servicios de inteligencia extranjeros, siguen sin estar disponibles para los investigadores. Así, el relato dominante, que posiciona a Perón como el principal responsable de la Triple A, sigue prevaleciendo en el imaginario popular, aunque no existan evidencias o se centra en las narrativas ideológicas de la época.
Reflexión final
Un análisis serio y profundo de la Triple A requiere una mirada amplia y desapasionada sobre las influencias internacionales, los intereses de los sectores militares y los elementos que, en el contexto de la Guerra Fría, fomentaron la violencia política en Argentina. No basta con la visión tradicional que circunscribe la Triple A exclusivamente al ámbito del peronismo y lo atribuye enteramente a una estructura interna del movimiento justicialista. En lugar de ello, es necesario ubicar su origen en un contexto de injerencia internacional y una doctrina regional de represión que, lejos de limitarse a Argentina, formaba parte de una estrategia anticomunista continental.
La Triple A fue, en definitiva, un engranaje en un mecanismo regional de control impulsado por la ideología de la seguridad nacional, donde el enemigo interno se convirtió en el foco de la represión estatal. Entender a la Triple A desde esta perspectiva amplia y fundamentada permitiría reconocer su rol en la historia de Argentina sin caer en simplificaciones, abriendo el camino para un revisionismo historiográfico más objetivo y menos politizado del periodo.
Luis Gotte
La trinchera bonaerense
P/D: A fines de 1977, la Vicaría de la Solidaridad del Arzobispado de Santiago de Chile publicó un ensayo del padre Joseph Comblin, titulado “La doctrina de la Seguridad Nacional”. Según Comblim, “La doctrina de la Seguridad Nacional» es el nombre que los nuevos regímenes militares latinoamericanos dan a su ideología. Con justa razón, por lo demás, ya que la «seguridad nacional» es el eje alrededor del cual gira todo su sistema”
Sin embargo, el Gral. Heriberto Auel, insinuó que la DSN nunca existió. Según él, fue inventada por el teólogo belga, Joseph Comblin. Este teólogo, con quien se había encontrado en Uruguay en 1976, y le manifestó que había falsificado esa “doctrina” para conmover a los obispos conservadores de Latinoamérica”. Auel refiere que se lea el ejemplar de la Revista Estrategia, publicada octubre de 1976 donde se refuta esa tesis, pues: “ahí van a tener en claro cómo estamos navegando sobre falacias hasta el día de hoy. El propio Comblin, en presencia mía, le dijo a Methol Ferré: ‘me has destrozado las reuniones preparatorias de Puebla, yo he escrito eso sabiendo que mentía, pero quería conmover a los obispos conservadores de Iberoamérica’. Luego esto se difundió en un libro, y es una verdad absoluta para una mayoría de argentinos.”
